En México estamos viviendo días difíciles y de preocupación. El desconocimiento y miedo popular por una enfermedad que apenas los científicos están conociendo es entendible. Si a esto le añadimos el sinfín de información que llega a través de redes sociales, el miedo se convierte en pánico.

Es natural que el ser humano sienta miedo a lo que no conoce y más cuando ello conlleva un riesgo a la salud o la de algún familiar de manera grave.

En 2009 se dio la primera pandemia de este siglo. México fue uno de los primeros países en presentar casos de influenza H1N1 que llegaría a propagarse a 214 países, dejando alrededor de 18 mil víctimas mortales.

A diferencia de esa ocasión, la pandemia del COVID-19 se da en un marco de globalización de la información nunca antes visto por el alcance de las redes sociales. Si bien es cierto que ya en 2009 había redes sociales, también lo es que no tenían la popularidad y penetración que han alcanzado en estos últimos años.

Esa disponibilidad de información que actualmente tenemos juega un doble papel que resulta muy importante, ya que por una parte la inmediatez se presenta como algo sin precedentes, sin embargo esa misma inmediatez conlleva la duda de si la información en cuestión es real, falsa o está fuera de contexto.

Hoy, con las herramientas que aportan las redes sociales, desde un teléfono inteligente cualquier individuo en el mundo es receptor y emisor de información que corre el riesgo de informar o desinformar indiscriminadamente. 

La infodemia –infodemic- es un concepto creado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) definida como una práctica que genera pánico o promueve conductas incorrectas.

Mario Riorda, politólogo e investigador argentino, define a la  “infodemia” como “un serio problema de desinformación que aumenta la propagación producto de la desinformación a escala masiva. Técnicamente, es una epidemia de mala información, o bien mala información que posibilita una epidemia vía datos falsos, errados o maliciosos que se propagan por redes sociales”.

Esa “mala información” puede generarse desde dos vertientes y con diferentes propósitos: la primera es que al momento de emitirla y difundirla busca la desestabilización política o económica, mientras que la segunda busca llenar un vacío de información. La realidad, es que en la práctica son tan perjudiciales una como la otra.

Ahora bien, ¿qué debe hacer un Estado para combatir lo anterior? La respuesta es simple: poner a disposición de sus ciudadanos información oficial, actual, veraz, confiable y comprobable.

Esa información oficial debe aprovecharse  de la misma manera que lo hacen los creadores de las “fake” o “false news”, a través de herramientas tecnológicas y plataformas digitales que puedan aminorar el impacto de esas noticias que literalmente crean pánico en la sociedad. Como autoridad se debe garantizar y crear un ambiente informativo veraz que dé  tranquilidad a través de una efectiva y correcta comunicación. En estos tiempos los gobiernos han quedado a deber en la forma que se comunican con la sociedad, muy a pesar de que las herramientas ya están en sus manos.

En estos momentos es en donde los órganos que garantizan el acceso a la información pública juegan un papel preponderante: es a través de ellos que los ciudadanos podrán exigir a las autoridades información clara y oportuna para poder tomar decisiones informadas tanto en lo personal como en lo colectivo.

Es obligación de las autoridades otorgar información actual y verídica a la población y, si así no lo hacen, tendrán que enfrentarse a los órganos constitucionales de control en acceso a la información que hoy en día cuentan con las herramientas legales para obligarlos a poner a disposición pública toda la información que se genera, siempre cuidando el derecho de la protección de datos personales que en la siguiente columna comentaré.

Enfrentamos una crisis de salud que día con día se agrava ante noticias falsas y mala información. Tenemos un reto grande también como sociedad: compartir e informar de manera responsable. Que esta crisis no sea de la desinformación, preguntemos también a las instituciones públicas.

Te invito a seguir dialogando en nuestras redes sociales.

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