Gabriel Salvador Martínez Flores tenía 21 años. El 7 de agosto murió tras recibir dos impactos de arma de fuego en la colonia Rural Atlas, en San Luis Potosí.
Gabriel Salvador Martínez Flores, a quien su familia llamaba Salvita, tenía 21 años y estaba a aproximadamente un año de terminar la carrera de Criminología en la Facultad de Derecho de la UASLP. Además de estudiar, formaba parte del equipo representativo de tiro con arco de la universidad y había obtenido reconocimientos y medallas en competencias realizadas en distintos estados del país.
Su vida también estaba marcada por el trabajo y las responsabilidades familiares. Dentro de la universidad tenía un pequeño negocio de comida al que llamó “Los muertos de hambre”. Vendía chilaquiles verdes, empanadas y gelatinas a compañeros y profesores. Él mismo preparaba los ingredientes y trasladaba la comida en bicicleta hasta la facultad.
Los domingos acompañaba a su madre y a sus hermanos a vender ropa en un tianguis. De lunes a sábado, además de acudir a clases y entrenar tiro con arco, ayudaba a preparar los alimentos de su abuela, una mujer de más de 80 años. Durante las vacaciones escolares también buscaba empleos para obtener ingresos y, de acuerdo con el relato de su familia, realizó trabajos de reparto de comida, vigilancia y limpieza, entre otros.
Salvador tenía planes para el futuro. Quería terminar sus estudios, convertirse en profesionista y ayudar a que su madre pudiera dejar de trabajar. También tenía un sueño personal: viajar a Colombia.
Su familia lo recuerda además por su relación con los animales y las plantas. Rescataba perros y gatos y había sembrado en el patio de su casa un pequeño huerto con un limonero, malvas, rosales y una ave del paraíso. Pero el 7 de agosto, la vida de Gabriel Salvador Martínez Flores terminó de manera violenta.
El joven murió después de recibir dos impactos de arma de fuego en la colonia Rural Atlas, en San Luis Potosí. Las circunstancias exactas del asesinato continúan bajo investigación.
Algunas versiones difundidas sobre el caso han señalado un posible asalto como contexto de la agresión; sin embargo, con la información pública disponible hasta este 12 de agosto no se han esclarecido completamente las circunstancias ni el móvil del homicidio.
El alcalde de San Luis Potosí, Enrique Galindo Ceballos, reconoció este 12 de agosto que tenía poca información sobre el caso y aseguró que se revisaría con el secretario de Seguridad. También descartó, con base en la información que había recibido, que se tratara de una riña o una confrontación.
“Entiendo que no fue una riña, entiendo que no fue una confrontación, fue un evento más delicado, pero no quiero, hasta no tener más datos”, declaró. Galindo aseguró que se reforzaría la presencia de seguridad en la zona donde ocurrió el asesinato.
Mientras las autoridades investigan el caso, la familia de Salvador mantiene su exigencia de que se esclarezca lo ocurrido.
“Salvador no fue, no es y nunca será un número”
Después del asesinato, Verónica, tía de Salvador, publicó en redes sociales un mensaje sobre la muerte de su sobrino. Días después escribió una carta abierta dirigida a la presidenta Claudia Sheinbaum, en la que cuestionó que la muerte del joven pudiera perderse entre las cifras de violencia que diariamente se registran en México.
“Salvador no fue, no es y nunca será un número”, escribió. La familiar también anticipó uno de los prejuicios que, señala, suelen aparecer cuando una persona es asesinada: la idea de que la víctima “en algo andaba”.
“Quizá usted maliciosamente pensará… ‘En algo andaba’, pues justo le quiero contar en qué andaba”, escribió. A partir de ahí, la tía de Salvador reconstruyó parte de la vida de su sobrino: habló de sus estudios, de su participación en el equipo de tiro con arco, del negocio de comida que tenía en la universidad y del trabajo que realizaba junto con su familia.

También contó que Salvador buscaba superar las limitaciones económicas de su familia, convertirse en profesionista y ayudar a que su madre pudiera dejar de trabajar.
La carta describe a un joven que dividía su tiempo entre la universidad, el deporte, el trabajo y las responsabilidades familiares. Para su tía, esos elementos son importantes porque muestran que detrás del reporte de un homicidio existía una persona con proyectos, vínculos y una vida cotidiana.
La familia también enfrenta las consecuencias de su muerte. En la carta, Verónica González relata que escucha el llanto de su madre, abuela de Salvador, y que la madre del joven continúa en shock.
“Estoy aquí por primera vez viviendo en carne propia lo que todos los días leo en las noticias”, escribió.
La despedida de Salvador reunió a cientos de personas. De acuerdo con su familia, la funeraria donde fueron velados sus restos resultó insuficiente para recibir a todos los asistentes. Acudieron compañeros de secundaria, integrantes del equipo de tiro con arco de la Facultad de Derecho, estudiantes y profesores de la universidad, amigos de la infancia, vecinos y familiares.
En el cementerio hubo globos, cientos de flores blancas y mariachis.
El asesinato de Salvador y las estadísticas de violencia
El caso de Gabriel Salvador Martínez Flores ocurre en un estado que, de acuerdo con las estadísticas oficiales, se encuentra entre las entidades con menor número de homicidios dolosos del país.
Según el Informe de Incidencia Delictiva del Fuero Común correspondiente a junio de 2026, publicado por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), San Luis Potosí registró 26 víctimas de homicidio doloso entre enero y junio de este año.
La entidad registró una tasa de aproximadamente 2 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes durante ese periodo, una de las tasas más bajas del país.
Las estadísticas permiten dimensionar la incidencia de un delito y comparar su comportamiento entre entidades y periodos. Pero no cuentan por sí mismas qué significa cada homicidio para las personas que quedan atrás.
En el caso de Salvador, una cifra no explica quién era el joven, qué hacía antes de morir ni cuáles eran sus planes.
No cuenta que estudiaba Criminología, que competía en tiro con arco, que vendía comida en su universidad o que los fines de semana ayudaba a su familia en un tianguis. Tampoco cuenta que quería terminar su carrera, ayudar a su madre y viajar a Colombia.



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