El voto por hogar propone que una persona represente a toda la familia. En México, las mujeres ya respondieron: votan más que los hombres en todo el país.
La propuesta del voto por hogar plantea que sea el “jefe de familia” (casi siempre un hombre) quien decida por toda una familia. “Hoy el voto es algo tan individual, que no piensa en lo más importante —el núcleo familiar—”, argumenta Javier Albarrán, coordinador estatal en el Estado de México de Actívate, una plataforma ciudadana de tendencia conservadora.
Las mujeres mexicanas obtuvieron el derecho al voto en elecciones federales en 1953, después de décadas de movilización, campañas y huelgas de hambre. Fueron de las últimas en América Latina en conseguirlo. Siete décadas después, las cifras muestran que son ellas quienes más ejercen ese derecho. Serendipia analizó el “Estudio Muestral de Participación Ciudadana 2024” del Instituto Nacional Electoral (INE) de acuerdo con el cual en los 300 distritos electorales del país las mujeres votan en mayor proporción que los hombres.
Pero hoy, el argumento que durante décadas se utilizó para negarles la ciudadanía plena a las mujeres ha vuelto a circular. La misma idea reapareció, apenas disfrazada bajo un nombre en inglés. La diferencia es que, esta vez, existen 300 distritos, millones de boletas y un país entero para desmentirla.
Los 300 distritos cuentan la misma historia
En México no existe un solo distrito electoral donde los hombres voten más que las mujeres. La diferencia va desde poco más de un punto porcentual en algunos distritos hasta más de 20 puntos en otros. Es uno de esos hallazgos que, una vez vistos, resultan difíciles de ignorar: los 300 distritos electorales federales del país apuntan en la misma dirección.
Si el voto por hogar parte de la idea de que una sola persona puede representar políticamente a toda una familia, las boletas cuentan una historia distinta. No es un fenómeno aislado ni una tendencia limitada a ciertas regiones: el patrón se repite en las 32 entidades federativas.
Esta tendencia “habla de que hay un avance en el desarrollo de nuestra sociedad en cuanto a que las mujeres quieren participar en la toma de decisiones”, dice Patricia Galeana, historiadora, doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y fundadora del Museo de la Mujer.
Ese avance, sostiene, suele provocar resistencia. La caída de Roe v. Wade (el derecho al aborto) en Estados Unidos es, para ella, una advertencia. “Es una prueba de cómo sí se pueden echar abajo derechos que se habían ganado”.
Guanajuato, donde la distancia es mayor
Guanajuato encabeza la lista nacional. En esa entidad, la diferencia entre mujeres y hombres supera los 12 puntos porcentuales, la más alta del país. Le siguen Querétaro, Tlaxcala, Puebla y San Luis Potosí.
Del otro lado está Chihuahua, con la brecha más pequeña. Pero incluso ahí las mujeres participan más. Entre ambos extremos no existe un solo estado donde los hombres acudan a las urnas en mayor proporción.
Entre 2018 y 2024, Guanajuato pasó de registrar una diferencia cercana a ocho puntos a rozar los trece. Baja California Sur fue uno de los pocos casos donde la distancia disminuyó, pero la tendencia nacional permaneció intacta. La brecha no solo existe. En algunos lugares, está creciendo.
Así, a pesar de que los datos del INE demuestran que las mujeres votan en mayor proporción en todo el país, la propuesta del voto por hogar ha llegado a redes sociales y medios de comunicación. “Este tipo de planteamientos no son fenómenos aislados sino “ciclos que se van repitiendo” en “momentos de tránsito” social , dice Lucrecia Infante Vargas, historiadora de la UNAM especializada en la historia de las mujeres y los feminismos. Aunque ella misma matiza que se trata, por ahora, de “brotes minúsculos” de ciertos grupos.
¿Voto por hogar? Las mujeres votan más durante los años en los que forman familias
Es precisamente durante los años en que las personas forman hogares, tienen hijos y toman algunas de las decisiones más importantes de su vida cuando las mujeres participan más que los hombres.
Los datos del INE muestran que la ventaja femenina aparece desde los 18 años y se mantiene hasta el grupo de 65 a 69 años, cuando ambas curvas finalmente se encuentran. Entre los 25 y los 39 años, la diferencia alcanza algunos de sus niveles más altos.
Es decir: en el periodo de la vida que el discurso del voto por hogar coloca en el centro (el de la construcción de una familia), las mujeres son quienes más participan en la vida democrática.
Para la historiadora Adriana Maza Pesqueira, especializada en el estudio del cuerpo y la moral en el siglo XIX, el paralelismo con el pasado es imposible de ignorar. Cuando Hermila Galindo pidió el sufragio femenino ante el Congreso Constituyente, recuerda, la respuesta fue prácticamente la misma que hoy. “Decían que con que el jefe de familia vote es suficiente, que no hay por qué pensar que alguien dentro de la familia va a pensar diferente.”
La frase podría haber sido publicada estas semanas en redes sociales, pero fue dicha hace más de un siglo. Y la idea era todavía más antigua. Maza documentó que médicos mexicanos del siglo XIX sostenían que una mujer que votara distinto a su esposo cometería una especie de “adulterio moral”, porque marido y mujer eran considerados una misma persona.
“El hecho de que haya un voto por familia no solo te regresa al siglo XIX”, dice. “Te quita tu individualidad como persona. Ya no eres un individuo, sujeto de derechos.” Y añade que primero es perder el derecho al voto, pero “al rato te pueden quitar la mayoría de edad. Te vuelves una tutelada de tu esposo.”
El México rural tampoco encaja en el estereotipo
Hay otro dato que desmonta una vieja narrativa. Durante décadas, la figura de la mujer rural fue utilizada para justificar su exclusión de la vida pública: demasiado aislada, demasiado ocupada o demasiado dependiente para participar en política.
Los datos del INE cuentan otra historia. Entre las personas de 25 a 29 años que viven en localidades no urbanas, las mujeres participan casi 20 puntos porcentuales más que los hombres. La brecha es, de hecho, más amplia fuera de las ciudades.
Para Infante, los números desmontan uno de los supuestos centrales detrás del voto por hogar. “Tampoco se sostiene el argumento”, afirma. “Todo es mucho la retórica de volver a esta idea de lo esencial o de lo natural.” Se refiere a la conexión que hay entre esta propuesta y el movimiento tradwife (esposa tradicional), una corriente que ganó popularidad en redes sociales y que promueve un regreso a los roles tradicionales de género: hombres como proveedores y líderes del hogar, y mujeres dedicadas principalmente al cuidado de la casa, la crianza y el apoyo al esposo.
Aunque muchas de sus seguidoras presentan este estilo de vida como una elección personal, especialistas han señalado que parte del movimiento también cuestiona los avances del feminismo y reivindica una organización familiar en la que el hombre ocupa una posición de autoridad. La historiadora recuerda que la historia está llena de intentos por devolver a las mujeres al ámbito doméstico. Ocurrió después de la Revolución Mexicana. Volvió a ocurrir tras la Segunda Guerra Mundial.
Para Infante, este tipo de discurso no favorece a nadie (ni a las mujeres ni a los hombres) y su dimensión más preocupante es la económica: las mujeres quedarían “sujetas” a la voluntad de un hombre del que dependen económicamente, sin posibilidad de construir un patrimonio propio. “Regresar a la idea de que el principal motivo de vida de las mujeres es la maternidad es un retroceso hacia lo más primitivo de nuestra condición humana.”
Del “que vote el jefe de familia” de 1917 al “voto por hogar” de 2026
La idea de un “voto por hogar” tomó fuerza este año en la Cumbre de Liderazgo de las Mujeres 2026 (Women’s Leadership Summit 2026), organizada por Turning Point USA en San Antonio, Texas, y encabezada por Erika Kirk, viuda del activista conservador Charlie Kirk. Ahí, varias ponentes defendieron que el sufragio dejara de ser individual para convertirse en una representación por núcleo familiar, con el esposo como titular del voto. En el caso de las mujeres solteras, se ha planteado que sean representadas por su padre u otro hombre de la familia.
La propuesta está emparentada con el movimiento de “esposa tradicional” y con sectores religiosos conservadores. Hasta ahora no es una iniciativa legislativa en ningún país: ni el Congreso de Estados Unidos ni el de México tienen sobre la mesa una reforma en ese sentido. Pero su eco en redes y el hecho de que ya haya sido defendida abiertamente por una figura política mexicana ha bastado para reabrir un debate que se daba por cerrado hace más de 70 años años, cuando las mexicanas votaron por primera vez en una elección federal: ¿puede alguien más hablar en su nombre?
En el siglo XIX la respuesta era que sí. Los médicos mexicanos argumentaban que una mujer que votara distinto a su esposo estaría cometiendo “adulterio moral”, bajo la lógica de que “son una misma persona con el hombre”, dice Adriana Maza Pesqueira, doctora en Historia por la Universidad Iberoamericana y especialista en la historia de las mujeres. Maza asegura que en esta propuesta reconoce un argumento que creía archivado por la historia. El camino para que las mujeres mexicanas tuvieran derecho al voto fue largo y con al menos dos intentos frustrados antes de lograrse.
En 1917, durante el Congreso Constituyente, la sufragista Hermila Galindo pidió formalmente el voto para las mujeres; se le negó con el argumento de que bastaba con que votara “el jefe de familia”. Entre 1937 y 1938, el presidente Lázaro Cárdenas del Río envió la iniciativa de reforma al Congreso y ambas cámaras la aprobaron, pero la declaratoria nunca se publicó en el Diario Oficial por temor de que el voto femenino, considerado más conservador y católico, favoreciera a la oposición, así que la reforma quedó sin efecto.
Refugio “Cuca” García hizo una huelga de hambre frente a Los Pinos para presionar por su cumplimiento, sin éxito inmediato. Finalmente, en 1953, bajo el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines, se reformó el artículo 34 constitucional y las mexicanas obtuvieron el voto a nivel federal, ejerciéndolo por primera vez en una elección federal en 1955.
El sufragio femenino no significa que las mujeres solo conquistaron el derecho a votar, “es el reconocimiento de los derechos básicos de las mujeres”, de acuerdo con Infante Vargas. Estos derechos incluyen votar y ser votadas, pero también tener acceso a un crédito bancario, a un trabajo formal e incluso comprar un automóvil sin la autorización de su marido.
Eso es lo que también estaría en peligro de ser aprobado el voto por hogar.
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